miércoles, noviembre 15, 2006

Autismo, los calendarios, relojes y el tiempo.I


Foto 1. "La persistencia de la memoria" (1931), Dalí . En 1952 pinta “La desintegración de la persistencia de la memoria” , retomando el mismo tema.
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Aquí, Dalí se inicia con sus famosos relojes blandos. El decía que no eran otra cosa que el queso Camembert del espacio y el tiempo, suave, extravagante, solitario y paranoico-crítico.**
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Suave, extravagante (raro, extraño, desacostumbrado, excesivamente peculiar u original ), solitario y paranoico-crítico ( "La actividad paranoica-crítica le permite al mundo delirante pasar al plano de la realidad". Según el mismo Dalí se trata de: "...un método espontáneo de conocimiento irracional basado en la objetivación sistemática de asociaciones e interpretaciones delirantes...". Dalí nos "aclara": "...lo practico con éxito aunque no sepa hasta ahora muy bien en qué consiste exactamente. En términos generales, se trata de la sistematización más rigurosa de los fenómenos y materiales más delirantes, con la intención de hacer tangiblemente creadoras mis ideas más obsesivamente peligrosas. Este método no funciona si no se posee un motor blando de origen divino, un núcleo viviente, una Gala - y sólo hay una.".**
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Dalí es genial, uno de los grandes genios españoles que da esta tierra de vez en cuando. Es uno de esos heterodoxos españoles, cuya sóla presencia resulta inquietante a cualquier estructura de poder o a cualquier convencionalismo, incluído pretender que su vida e ideología fueran coherentes e inmutables. Nombró heredero universal a su querida España, entendida, claro está, como la más cósmica materialidad paranóica-critica de Goyaluña, Figueres, Púbol y Port-Lligat.
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La obra literaria de Salvador Dalí Domènech, de igual o mayor calidad que su obra pictórica, puede encontrarla en Ediciones Destino, de Editorial Planeta, con una versión de Confesiones Inconfesables libre de las censuras que sufrió el texto original para su publicación en España en tiempo de la Dictadura del General Franco, y por vez primera se traducen al castellano «Las pasiones según Dalí» y «Un diario: 1919-1920». Ver http://www.salvador-dali.org/fundacio/any-dali/es_noticies.html?ID=72&CATEGORY2=28 .
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Esta introducción es un pequeño homenaje al autor y ya que el estudio del tiempo es una cuestión difícil, al elegir la visión del tiempo de Dalí, íntimamente ligada al concepto de memoria, me pareció obligado escribir estas notas.
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Hay niños con autismo que desarrollan una gran capacidad para orientarse temporalmente en las referencias temporales que delimita el calendario: años, meses, semanas y días y en la más genérica de estaciones del año.
Así que si en una prueba para medir la orientación temporal del sujeto como la que propone Mini-Mental State Examination (MMSE) de Folstein , adaptada y validada en castellano por Lobo , en su apartado 1 , podría resolverla con éxito:
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1.Orientación
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Dígame el día:......... Fecha.......... Mes........... Estación................ Año
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Ítem 1 (temporal) del Miniexamen cognoscitivo o MEC de Lobo.
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Incluso algunos desarrollan una gran habilidad para asociar sucesos pasados o futuros a una fecha.
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El Short Mentale Portate Status Questionnaire o SMPSQ de Pfeiffer, incluye en los ítems 1,2,5 y 6 preguntas de orientación temporal de similar naturaleza:
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1. ¿ Qué día es hoy (mes/día/año) ?
2. ¿ Qué día de la semana es hoy ?
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5. ¿ Cuántos años tiene ?
6. ¿ En qué día, mes y año nació ?
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Estos test se suelen usar para determinar estados y niveles de demencia senil, incorporando estos ítems que pretenden valorar la orientación temporal. Hasta qué punto puede considerarse esos ítems una medición de la orientación temporal o de la memoria de retahílas verbales asociadas al calendario o a nuestra biografía es difícil de dilucidar.
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En todo caso parece que muchos niños autistas no presentan este tipo de desorientación temporal sino todo lo contrario.
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Antes de continuar quiero hacer un inciso sobre la memoria. La memoria puede llegar a ser casi una prisión. Afortunadamente no lo es porque la vida nos vuelca continuamente hacia un futuro que por definición escapa siempre a ese reíno, y al olvido. Hay varios tipos de olvido y es necesario desarrollar una Psicología del olvido y estudiar su fisiología precisa.
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Hay un cuento de Borges, que puede ayudar a entender lo que un exceso de memoria implica para una persona. En página de los Savant se atestigua que pueden surgir capacidades especiales en adultos que antes carecían de ellas, aunque la mayoría se muestran por una especial inclinación desde la infancia.
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La Página de los Cuentos
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Jorge Luis Borges
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Funes, el memorioso
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Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora.
Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes.
Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo.
Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras.
Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: "¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro. Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto.Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista.
Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de febrero del año 84", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.
El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn. Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre.
Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche. Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles. Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños.Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: "Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y también: "Mis sueños son como la vigilia de ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele.Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente. Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra. Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado.
Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.
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Aunque ya nos hemos referido a dos test cuyos ítems pretenden medir la orientación temporal del sujeto en el calendario y las estaciones, hay otro test, el Test de los Siete Minutos, que incluye como subtest, el Test de Orientación (temporal) de Benton (TOB), que incluye además orientación horaria y el dibujo de un reloj clásico de manecillas para las horas y minutos. Es curioso que mientras la lectura de la hora en un reloj de manecillas, que sólo tiene doce dígitos, utiliza todavía la referencia solar para determinar la hora, pues para discriminar si son las 9 de la mañana o las 9 de la noche, no basta su sola lectura, sino asociarla al día y la noche. No ocurre eso con los modernos relojes digitales que pasan de las 23:59:59 a las 00:00:00 ¿ o a las 24:00:00 ? Aparece aquí una paradoja. Creo que era el lógico Frege el que decía que si una línea está formada por puntos y los puntos carecen de dimensión, cuando se divide una recta, las dos semirectas no pueden ser iguales, pues una de ellas tendrá un punto más que la otra, ya que el punto no puede dividirse. Algo parecido ocurre aquí. Pues si por ejemplo, el día 18 tiene 24 horas y el reloj llega a marcar las 24:00:00 este punto horario hay que hacerlo coincidir con las 00:00:00 del día 19, con lo que encontramos un tiempo que pertenece simultáneamente a dos días distintos.
Fué Einstein el hombre que demostró que la velocidad de la luz es una constante y que si un móvil se acerca a esa velocidad hay que reajustar el espacio y el tiempo. El tiempo absoluto de Newton o la existencia de un reloj universal que dé la misma hora en todas partes no existe. La duración del tiempo depende de lo sistemas particulares de referencia. Es conocida la paradoja de los gemelos jónes, que propone que, si uno de ellos hiciera un viaje de ida y vuelta a una velocidad cercana a la de la luz, al reencontrarse con su gemelo se encontraría con un anciano mientras que para el gemelo viajero el tiempo habría transcurrido más dilatadamente, y sería joven aún; el tiempo se dilata a velocidades mayores, respecto de otro sistema móvil de referencia que tenga menos velocidad.
No sólo la velocidad dilata el tiempo sino que la gravedad lo contrae. Esto tiene implicaciones prácticas en nuestro mundo actual, algunas muy cercanas, pues se refieren al uso de aparatos y de sistemas conocidos. Uno de ellos es el de los sistemas de localización global, o GPS, que muchos cohes traen ya incorporado.
Los satélites de ese sistema que orbitan a La Tierra llevan incorporados unos relojes atómicos que deben estar sincronizados con los relojes atómicos situados en La Tierra para dar la posición exacta de un objeto terrestre. Esos satélites están a 20.000 kms de altura y tienen una velocidad de 14.000 kms por hora, respecto de La Tierra. Por el aumento de velocidad los relojes a bordo de los satélites atrasan diariamente 7 microsegundos y por el menor influjo de la gravedad terrestre adelantan diariamente 45 microsegundos. Esto indica que los relojes de los satélites adelantan diariamente 38 microsegundos ( 45-7 ). Diariamente deben corregirse esos 38 microsegundos de diferencia horaria de los relojes de los satélites con respecto a los relojes de La Tierra. Si no se hiciera así el sistema GPS daría errores de posición en los objetos a localizar de unos 11 km. pág. 62 y ss.;Capítulo El tiempo del Tiempo; La dimensión social del Tiempo: interesante estudio del tiempo, sobre todo en su dimensión social, pues el horario tiene una influencia muy determinante en nuestro programa diario de vida, y por él se rigen desde los períodos electorales hasta nuestro horario de trabajo, las marcas olímpicas y lo que dura un recreo escolar, nuestra biografía y la división de la historia, los plazos del sistema penal y la cronobiología de los ritmos cicardianos pueden verlo en: ....................................................................
http://www.racmyp.es/noticias/2006/2006-02-14%20-%20Julio%20Iglesias.pdf#search=%22Einstein%20tiempo%20Piaget%22 , discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, de Julio Iglesias de Ussel.
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Vd. puede aplicar esos sencillos test y averiguar la orientación temporal de su hijo o paciente respecto del calendario y de la estimación horaria, siempre que tenga la edad apropiada y comprenda lo que le pregunta. Si Vd. no es un profesional no debe hacer diagnósticos pero sí puede observar su comportamiento y conocer mejor a su hijo. Debe Vd. respetar todas las recomendaciones y derechos que aparezcan en los enlaces sugeridos . En todo caso ante cualquier duda sobre un comportamiento de su hijo, que le resulte extraño, acuda a un profesional. La atención temprana a los problemas del desarrollo de su hijo mejoran el pronóstico. Aprenda los signos, reaccione pronto.
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El cuento de Funes es de:
1.Los ítems del MEC y del SMPSQ de:
2.El Test de los Siete Minutos puede verlo en:.......................................................................................
Las páginas anteriores 1 y 2 son excelentes.

* Ver http://www.3d-dali.com/dali_pinturas_analisis_interpretacion.htm
** Texto tomado de la dirección anterior.

5 comentarios:

Yoly dijo...

Hola Eudardo....estaré pendiente a la continuación de este artículo. Ya sabes que le aplica muy bien a J.

Le hize la prueba de ¿que dias es hoy? etc, y el chico me responde con nombre del día, número, mes y año. Yo que cada mañana cuando abro los ojos tengo que pensar por un rato en que día es. De ahora en adelante creo que le preguntaré a J para estar siempre bien ubicada.

Eduardo Carbonell dijo...

Hola Yoli:

Me alegro que J maneje bien el calendario. Así que esa suerte tienes, le puedes preguntar cuando estés despistada.
Has visto que lujo de invitados tenemos hoy, además de tí,claro, nada más y nada menos que a Dalí y Borges en el mismo cesto. El cuento es precioso. Espero que te haya gustado. Dalí era un cachondo mental.
Por cierto que no me has dicho lo de cómo poner fotos en las márgenes ni cómo hacer que aparezcan los títulos de los artículos del mes...

Yoly dijo...

Trataré de escribirte el procedimiento de como poner los titulos de los articulos etc. Por lo que veo del formato de tu blog me parece que tal vez sin querer borraste los comandos. A mi me ha tomado bastante tiempo hacer esas cosas y creeme no se me ha hecho nada fácil. Déjame analizar que ocurrió con el formato que estas usando.

Yoly dijo...

Se me olvidó decirte, si me gustó el cuento. Tal parece que Funes con el golpe se convirtió en un Savant. Como el chico que recibió un golpe en un juego de pelota, cayó al piso quedó inconciente y cuando despertó podía decir en que día de la semana habia caido cierta fecha que le preguntaban y como habia sido el estado del tiempo. ¿un Savant creado?????

Eduardo Carbonell dijo...

Hola Yoli:

En la página de los savant hay un artículo que informa que esas capacidades especiales pueden aparecer en adultos que antes de la lesión o daño cerebral sobrevenido no las tenían.Así, que sí pueden crearse nuevos savant.