domingo, junio 03, 2007

Autoconciencia, según A. R. Luria. VII.





En esta serie sobre autoconciencia nos hemos detenido en las entradas anteriores en la caracterización de aquellas áreas del córtex cerebral cuya lesión o bien no influye en modo alguno en el desarrollo de la actividad consciente, o bien perturba sólo su eslabón ejecutivo ( operacional ), conservándose inalterada la estructura misma de la actividad consciente.
Ahora debemos dar un paso más y esclarecer la función de las áreas del cerebro cuya lesión se refleja sustancialmente en la estructura de los procesos conscientes.
Al detenernos en las definiciones de la actividad consciente hemos visto que muchos investigadores destacan en ella como rasgos muy importantes la posibilidad de, 1º) emplear el pasado para regular el futuro, 2º) seleccionar la información recibida, 3º) subordinar conscientemente su conducta a los objetivos planteados. Esos tres momentos desempeñan un papel sustancial en la organización de la conducta consciente, dependiendo en gran medida del estado de los lóbulos frontales del cerebro y esas tres capacidades quedan seriamente afectadas en caso de lesión de éstos.
Se sabe que los lóbulos frontales del cerebro, cuyo volumen crece sensiblemente en la escala evolutiva y que en el hombre ocupan hasta la tercera parte de toda la masa de los hemisferios cerebrales, no poseen una relación directa ni con la recepción de la información ni con la emisión de los impulsos eferentes dirigidos hacia la periferia. Pertenecientes por su constitución a las áreas terciarias típicas del córtex ( o intrinsic cortical áreas ), desempeñan un importante papel en la formación de los programas de la actividad consciente del hombre proporcionando el carácter dominante de estos programas ( construidos en el hombre con la estrecha participación del lenguaje ), en el desarrollo de los movimientos y acciones, inhibiendo todos los impulsos colaterales y dando la posibilidad de realizar una constante confrontación de la acción que se ha realizado con la intención inicial, realizando por lo mismo un control sobre el desarrollo de la actividad.
En los animales superiores ya aparece con claridad el carácter decisivo de los lóbulos frontales del cerebro en la creación y conservación de programas complejos de comportamientos. Por esa razón, un perro sin lóbulos frontales sustituye fácilmente un sistema adecuado de reacciones motoras por unos estereotipos motores que hace tiempo han perdido su significado adaptativo. Un mono sin lóbulos frontales pierde la capacidad de elaborar reacciones complejas diferidas y su comportamiento en vez de regirse por programas elaborados, es alterado, desintegrándose por reflejos de orientación no inhibidos, o por la aparición de reacciones involuntarias ante estímulos secundarios (colaterales). Todo esto ha obligado a enunciar a muchos investigadores que ya en los animales superiores los lóbulos frontales desempeñan un papel sustancial en el complejo proceso de formación de los sistemas dominantes de conexiones
( Pribram, 1966) y de inhibición de los secundarios.
Si vamos conduciendo un coche y nos damos cuenta de que dentro hay una avispa, con sus vistosas rayas amarillas y negras, avispa que comienza a revolotear por el parabrisas, biológicamente y de modo instintivo captará nuestra atención; tenemos que hacer un esfuerzo para concentrarnos en la carretera y en el tráfico, e inhibir la respuesta que provoca ese estímulo con aguijón, pensar en coger el periódico que está en el asiento del copiloto, no para dárselo a leer, precisamente. Este ejemplo extremo muestra que a veces cuesta trabajo aplazar respuestas ante determinados estímulos, e inhibir la elaboración, planificación y ejecución de programas de reacción. Digo esto porque alguno se la pega al no ser capaz de subordinar las múltiples conductas que conviven en nuestro comportamiento inmediato, del modo más conveniente a nuestro interés. Esto es, que mientras el conductor dirigía miradas aviesas a la intrusa, también enfilaba la farola de la esquina. Ahora cada vez que veo una avispa, le doy los buenos días y paro a la derecha. No la invito a desayunar porque llevo prisa. Pues este es un ejemplo de lo que ocurre cuando no somos capaces de impedir que surjan reacciones involuntarias ante estímulos secundarios. Las perturbaciones de este proceso llevan inevitablemente a que “los animales no valoran en la forma necesaria sus actos, no establecen una determinada correlación entre las huellas de las nuevas impresiones y el resultado de la experiencia anterior y no dirigen los movimientos y los actos de acuerdo con su interés personal”( V.M. Bechterev, 1908 ).
Es sabido el carácter decisivo que en la formación de la actividad consciente del hombre desempeña el lenguaje externo, de la madre, y seguidamente, el interno, que permite analizar una situación destacando sus eslabones sustanciales y que formula los programas de las acciones necesarias. La psicología contemporánea ha caracterizado con suficiente precisión el papel organizador del lenguaje para la formación de la conciencia ( L.S. Vigotsky, 1934, 1956 ) y ha analizado las etapas de su función reguladora ( A.R.Luria, 1956, 1958, 1961 ). Existe todas las bases para pensar que precisamente gracias al lenguaje que era una función interpsicológica, compartida entre dos personas, madre e hijo, y que después se convirtió en una forma infrapsicológica de organización de la actividad humana ( L. S. Vygotsky 1958 ), el hombre asciende sobre el nivel de las reacciones impulsivas ante la acción directa del medio y su conducta comienza a determinarse por el “campo significativo interno” que de forma generalizada (sintética) refleja la influencia del medio, formula los motivos sobre los que se basa la conducta y atribuye a la actividad un carácter consciente.
Las numerosas observaciones nos permiten afirmar que esta compleja regulación lingüística de la conducta consciente solo puede llevarse a cabo con éxito mediante la participación de los lóbulos frontales del cerebro y puede verse seriamente perturbada en el caso de lesión de éstos.
Podemos ilustrar esta importante tesis con algunas observaciones y experimentos que poseen un carácter modal y que han sido objeto de un análisis especial en otro lugar ( vid. A.R.Luria, 1962, 1963; A.R. Luria y E.D. Homskaya [red.], 1966 ).
Estas observaciones y experimentos muestran de forma evidente con qué dificultad se crea una intención estable en el enfermo con lesión masiva de los lóbulos frontales de los dos hemisferios y con qué facilidad se destruye el cumplimiento de un programa complejo de conducta debido a otros factores secundarios.
A un paciente con una lesión masiva de lóbulos frontales de los dos hemisferios del cerebro es fácil provocarle una simple reacción inmediata a una señal, proponiéndole por ejemplo, levantar su mano y apretar la mano del médico. Sin embargo, si la mano del enfermo está debajo de la manta y la instrucción de “levantar la mano” se descompone en una serie de subprogramas ( sacar la mano de debajo de la manta y sólo después de esto levantarla), el cumplimiento de la instrucción se hace imposible y el paciente continúa mirando impaciente al médico.
Dificultades análogas surgen si a un paciente de este tipo se le propone la instrucción compleja de “apretar la mano tres veces” que se descompone en una serie de programas ( apretar la mano, contar uno, apretar la mano, contar dos, apretar la mano, contar tres y luego de esto, detener la acción ). También en este caso el cumplimiento de la acción es inaccesible. El enfermo ( que conserva la instrucción verbal ) continúa el programa sin descomponerlo, sin interrumpir la acción en el momento preciso.
2. En un paciente con lesión masiva de los lóbulos frontales de ambos hemisferios del cerebro se le puede provocar sin dificultad una reacción ecopráctica proponiéndole reproducir los movimientos que se le muestran. Pero si hacemos entrar en conflicto la instrucción verbal con la percepción inmediata del movimiento ( proponiéndole, por ejemplo, que en respuesta a un puño levantado que levante un dedo, y en respuesta a un dedo levantado que levante un puño, o que conteste a un golpe con dos y a dos golpes con uno ), se podrá ver fácilmente que el cumplimiento de la acción se convierte en inaccesible para el enfermo y, reteniendo y repitiendo con facilidad la instrucción verbal, el enfermo comienza a subordinar su acción a la señal percibida por la vista, pasando a la repetición ecopráctica de los movimientos propuestos por el investigador (por ejemplo: si el investigador levanta el puño, él hace lo mismo, aunque sepa que lo que decía la instrucción verbal en este caso era que debía levantar el dedo).
3. A un enfermo con lesión masiva de los lóbulos frontales de ambos hemisferios del cerebro se le puede hacer cumplir fácilmente una acción simple ( dibujar una figura o un grupo de figuras, reproducir un ritmo dado, etc.), Pero si seguidamente le pedimos que realice una acción distinta de la misma naturaleza ( por ejemplo, dibujar otra figura, u otro grupo de figuras, reproducir otro ritmo dado, etc.) se puede ver que el paso a la realización de un nuevo programa resulta dificultoso ( y a veces inaccesible), y en lugar de la nueva acción propuesta el paciente continúa reproduciendo de modo inerte el estereotipo anterior, aunque también en este caso retiene y repite fácilmente la instrucción dada. En este caso la realización consciente de la acción que se le pide queda interrumpida por la perseveración patológica del programa previo, una vez surgido y consolidado, programa que era adecuado en el momento de la acción previa, pero que dejó de serlo en el paso a una nueva instrucción. (Por ejemplo, 1º) se le pide que golpee la mesa con dos golpes: //-//-//... . El investigador lo hace antes para ofrecerle un modelo. Lo hace correctamente. Se le pide lo mismo, pero ahora sólo mediante una instrucción verbal. Golpee de tres en tres.- Respuesta: 3-2-2-2 ( reaparece el estereotipo del ejercicio anterior; 2º) se le pide al paciente que construya una serie con fichas, colocando una roja y tres blancas: RBBB RBBB RBBB... Luego se le pide que haga otra serie colocando dos rojas y tres blancas.- Respuesta.-RRBBB-RBBB-RBBB...(reaparece el estereotipo del ejercicio anterior: RBBB). En otras ocasiones se simplifican las respuestas.
La inestabilidad de la conducta consciente dirigida a un objetivo de los pacientes con lesión de los lóbulos frontales del cerebro y la facilidad con que la realización consciente de las acciones ( realización dirigida por un programa interno) se ve sustituida por una acción más elemental ( subordinada a los efectos externos más inmediatos, o bien por unos estereotipos inertes perseverantes, pueden también aparecer en la conducta de los pacientes en circunstancias naturales de su vida diaria. No podemos olvidar el caso de un paciente con lesión masiva (traumatismo) de los lóbulos frontales que, cuando intentaba salir de la clínica se dejó llevar por la impresión de la primera escalera que se encontró en su camino, comenzó a subir por ella en lugar de baja, y después entró en la puerta abierta de un armario, en lugar de salir de la habitación ( observación de B.V. Zeygarnik) o del caso del paciente que en respuesta a la proposición de traer los cigarros de la sala situada al final del pasillo, se encontró por el camino a unos enfermos que iban a su encuentro y dio la vuelta tras ellos (aunque recordaba bienla instrucción recibida). Recordamos el caso de un paciente con lesión masiva de los lóbulos frontales del cerebro por herida que habiendo recibido la instrucción de alisar una tabla continuó de forma inerte los movimientos iniciales con el cepillo hasta que cepilló una parte considerable...
¡ del banco de carpintero !
En todos estos casos la conducta del paciente se veía perturbada por el mismo motivo: la formulación verbal de la intención (o de la instrucción) podía conservarse largo tiempo, pero perdía su efecto regulador, y la conducta del enfermo al dejar de realizarse en correspondencia con el plan formulado interiormente caía bajo la influencia de las impresiones inmediatas o de los estereotipos inertes.
La perturbación de la actividad consciente en caso de lesiones masivas de los lóbulos frontales del cerebro puede adquirir un carácter distinto y manifestarse en distintos niveles de la actividad psíquica. En lesiones de las zonas basales de los lóbulos frontales del cerebro adquieren un carácter de acciones impulsivas no controladas que surgen ante cualquier complicación de la tarea a realizar. En caso de lesión de las áreas convexitales de la región frontal se expresan en forma de simplificaciones toscas de los programas motores y de una inercia patológicva de los estereotipos surgidos. En caso de lesiones masivas de los dos hemisferios estas perturbaciones pueden adquirir la forma de una desorganización clara de la conducta del enfermo, al tiempo que enformas más débiles del síndrome frontal aparecen tan sólo en las formas complejas de la actividad intelectual (A.R.Luria y L.S.Tsvetkova, 1966).
Sin embargo, a pesar de toda la diversidad con que se manifiestan las perturbaciones de la conducta en caso de lesiones de los lóbulos frontales del cerebro, éstos, como norma, conservban dos rasgos sustanciales. Por un lado, la conducta del paciente deja de estar dirigida por un programa verbal consciente, cayendo bajo la influencia de otros factores y adquiriendo un carácter más primitivo. Por el otro, el paciente que incluso conserva la formulación verbal de la instrucción que se le plantea (ésta se ve deformada o deswaparece sólo en los casos más graves de lesión de los lóbulos frontales), como norma, nunca confronta la acción realizada con la intención inicial, no es consciente de los errores cometidos y no los corrige por sí mismo.
De este modo, la lesión de los lóbulos frontales del cerebreo conlleva una perturbación de la actividad consciente de estructura precisa: la desorganización de los programas complejos de la acción que realmente se ejecuta, por un lado, y por otro, la perturbación del control de las acciones ejecutadas (o del sistema aceptante de la acción*).
Según A.R.Luria las perturbaciones de la conciencia poseen un carácter complejo, y en ellas es donde menos se puede aplicar el principio de "todo o nada" y tampoco puede expresarse en una escala cuantitativa que empieza desde la conservación total y acaba en la pérdida completa de la consciencia. Nos dice que por ello la descripción detallada de de los diversos componentes de la actividad consciente y de los distintos tipos de alteraciones de su estructura debe suscitar el más serio interés.
Cuando se observa el comportamiento diario de niños con diagnóstico de autismo puede resultar difícil apreciar y distinguir los aspectos singulares de su actividad consciente alterados de los que no lo están. Un determinado niño puede conservar la unidad de su personalidad y carácter y comportarse en el desempeño de determinades actividades de modo que en nada se distinga su comportamiento del resto de niños de su edad. Esa estabilidad de su personalidad hará que en gran medida sean previsibles sus reacciones y que los padres puedan anticipar en gran medida cuáles van a ser las respuestas a determinadas propuestas y situaciones de la vida diaria. Sin embargo ese mismo niño manifestará conductas anómalas. Estas conductas aunque sean muy aparatosas tienen su base un mecanismo de producción de base simple. Por ejemplo, hay niños que en determinadas circunstancias pueden expresar su deseo de abandonar un lugar para volver a su propia casa, y pueden comenzar a lloriquear dirigiendo esa petición a su madre de modo monótono e insistente y contínuo durante una, dos o más horas. Si nos limitamos a decir que el niño tiene un comportamiento inflexible no estamos profundizando en absoluto en cuál sea la causa de ese comportamiento...
(Continuará)
(sistema que coteja si la acción ejecutada se corresponde con la acción pretendida*)

Pág.85 y ss.
El Cerebro humano y los procesos psíquicos.
A.R.Luria.
Obra ya citada.
Ver www.wanprc.org/luria/, página web elaborada por el eminente neurólogo Douglas M. Bowden
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University of Washington
Seattle, Washington, USA